miércoles, 7 de agosto de 2013

Conociendo a Cincuenta Sombras. FIN.

Lunes, Mayo 9, 2012.

—Mañana —murmuro, despachando a Claude Bastille mientras está de pie en la entrada de mi oficina.

—Golf, esta semana Malik. —Sonríe Bastille con fácil arrogancia, sabiendo que su victoria en el campo de golf está asegurada.

Lo miro con el ceño fruncido y él se gira y se va. Sus palabras de despedida frotan sal en mis heridas porque a pesar de mis heroicos intentos esta mañana en el gimnasio, mi entrenador personal había pateado mi trasero. Bastille es el único que puede derrotarme, y ahora quiere otra libra de carne humana en el campo de golf. Detesto el golf, pero los negocios se dan mejor en los espacios abiertos, tengo que soportar sus lecciones también ahí… y aunque odio admitirlo. Bastille de alguna manera mejora mi forma de juego.

Mientras miro al cielo de Seattle, la familiar sensación de aburrimiento se filtra en mi consciencia. Mis días se están mezclando sin distinción, y necesito alguna clase de diversión. He trabajado todo el fin de semana y ahora, en los constantes confines de mi oficina, estoy inquieto. No debería sentirme de esta manera, no después de severas competencias con Bastille. Pero lo hago.

Frunzo. La triste realidad es que la única cosa que tiene mi interés últimamente ha sido mi decisión de enviar dos buques de carga a Sudan. Lo que me recuerda; no se supone que Rose tiene que regresar con los números y la logística. ¿Qué diablos la detiene? Con la intensión de averiguar a qué está jugando, le echo un vistazo a mi agenda y alcanzo el teléfono.

¡Oh Cristo! Tengo que aguantar una entrevista con la persistente Señorita Kavanagh de la revista estudiantil de la universidad. ¿Por qué demonios accedí?

Detesto las entrevistas, preguntas vanas tras más vanas, mal informadas, idiotas vacías. El teléfono zumba.

—Sí —ataco a Andrea como si ella tuviese la culpa. Al menos puedo ocuparme de esta pequeña entrevista.

—La Sta. Steele está aquí para verlo, Sr. Malik.

— ¿Steele? Estaba esperando a Katherin Kavanagh.

—Es la Sta. Steele la que está aquí, señor.

Frunzo el ceño. Odio lo inesperado.

—Dígale que entre —murmuro, sabiendo que sueno como un adolescente malhumorado pero sin que me importe una mierda.

Bueno, bueno… la señorita Kavanagh no está disponible. Conozco a su padre, el dueño de Kavanagh Media. Hemos hecho negocios, parece un operario astuto y una buena persona. Esta entrevista es un favor para él, uno del que quiero sacar provecho cuando me convenga. Y tengo que admitir que estoy vagamente interesado en su hija, interesado por ver si la manzana ha caído lejos del árbol.

Una conmoción en la puerta me pone de pie, mientras un remolino de pelo castaño largo, extremidades pálidas, y botas cafés entra de cabeza en mi oficina. Pongo mis ojos en blanco y contengo mi enfado natural hacia tal torpeza mientras me apresuro hasta la chica que ha caído sobre sus manos y sus rodillas sobre el suelo. Juntando sus delgados hombros, la ayudo a ponerse de pie.

Claros, brillantes y apenados ojos de color azul encuentran los míos poniendo fin a mis preocupaciones. Son unos extraordinarios ojos de color azul pálido inocentes, y por un feo momento, creo que puede ver a través de mí. Me siento… expuesto. La idea es desconcertante. Es pequeña, un dulce rostro que ahora se ruboriza, de un inocente rosa pálido. Me pregunto brevemente si toda su piel es tan… perfecta, y cómo se vería rosa y caliente por un azote. Joder. Detengo mis descarriados pensamientos, alarmado por su dirección. ¿En qué diablos estás pensando Malik? Esta chica es demasiado joven. Ella jadea y casi pongo de nuevo mis ojos en blanco. Sí, sí nena es sólo una cara belleza superficial. Se disipa mi hostilidad, admirando la mirada de esos grandes y ojos azules.

Hora del show Malik. Vamos a divertirnos.


—Señorita Kavanagh —me dice tendiéndome una mano de largos dedos en cuanto me he incorporado—. Soy Zayn Malik. ¿Está bien? ¿Quiere sentarse?

Ahí está de nuevo el rubor. Al mando de nuevo, la analizo. Es muy atractiva, de una manera torpe, pequeña, pálida, con una melena color caoba apenas agarrada por una goma para el pelo. Una morena. Sí, es atractiva. Extiendo mi mano, y ella tartamudea el inicio de una mortificada disculpa mientras pone su pequeña mano en la mía. Su piel está tan fría y suave, pero su apretón de manos es sorprendentemente firme.

—La señorita Kavanagh está indispuesta, así que me ha enviado a mí. Espero que no le importe, Sr. Malik. —Su voz es calmada con una vacilante musicalidad, y parpadea de forma irregular, largas pestañas revoloteando ante esos grandes ojos azules.

Incapaz de mantener la diversión en mi voz mientras recuerdo su menos que elegante entrada a mi oficina, le pregunto quién es.

—Anastasia Steele. Estudio literatura inglesa con Kate… digo… Katherine… bueno… la señorita Kavanagh, en la Estatal de Washington.

¿Una nerviosa, del tipo tímido, aficionada por los libros, eh? Lo parece. Terriblemente vestida, ocultando su pequeño cuerpo debajo de un suéter sin forma y una falda recta color café. Cristo. ¿No tiene sentido de la moda en absoluto? Mira nerviosamente alrededor de mi oficina, a todas partes menos a mí, lo noto con divertida ironía.

¿Cómo puede ser esta chica una periodista? No tiene siquiera un hueso firme en su cuerpo. Es toda encantadoramente nerviosa, mansa, suave… sumisa. Agito mi cabeza, asombrado por la dirección que mis inapropiados pensamientos están tomando. Murmurando una trivialidad, le pido que se siente, luego noto su perspicaz valoración hacia las pinturas de mi oficina. Antes de que pueda detenerme, me encuentro explicándolas.

—Un artista local. Trouton.

—Son muy bonitos. Elevan lo ordinario a la categoría de extraordinario —dice soñadoramente, perdida en el exquisito y fino arte de mis pinturas. Su perfil es delicado, nariz respingona, labios suaves y carnosos, y en sus palabras ha reflejado mis pensamientos. Lo ordinario a la categoría de extraordinario. Es una observación inteligente. La Sta. Steele es brillante.
Murmuro mi concordancia y veo ese rubor aparecer lentamente de nuevo en su piel. Mientras me siento justo en frente de ella, trato de reprimir mis pensamientos.

Busca una arrugada hoja de papel y una grabadora en su gran bolso. ¿Una grabadora? ¿No funcionaban ésas con cintas para VHS? Cristo… es toda torpe, dejando caer la maldita cosa dos veces en mi mesa para café Bauhaus. Obviamente nunca ha hecho esto antes, pero por alguna razón que no puedo comprender, lo encuentro divertido. Normalmente esta clase de torpeza me irrita hasta la mierda, pero ahora escondo mi sonrisa tras mi dedo índice y resisto la necesidad de acomodarla por ella.

Mientras se pone más nerviosa, se me ocurre que podría mejorar la velocidad de sus movimientos con la ayuda de una fusta. Hábilmente utilizada puede hacer que los más asustadizos se arrodillen. La errante idea me hace moverme en mi silla. Ella me mira de reojo y muerde su labio inferior. ¡Qué me jodan! ¿Cómo no noté esa boca antes?

— Pe… Perdón. No suelo utilizarla.

Eso seguro nena—mi pensamiento es irónico— Pero en este momento me importa un rábano, porque no puedo alejar mis ojos de tu boca.

— Tómese todo el tiempo que necesite Sta. Steele. —Y necesito otro momento para ordenar mis descarriados pensamientos. Malik… para esto ahora.

— ¿Le molestaría que grabe sus respuestas? —pregunta, su rostro está cándido y expectante.

Quiero reír. Oh gracias Cristo.

— ¿Me lo pregunta ahora, después de lo que le ha costado preparar la grabadora? —Ella parpadea, sus ojos grandes y perdidos por un instante, y siento una desconocida punzada de culpa. Deja de ser un mierda, Malik.

— No, no me importa —murmuro, sin querer ser responsable de esa expresión.

— ¿Le explicó Kate… digo… la señorita Kavanagh para dónde era la entrevista?

— Sí. Para el último número de este curso de la revista de la facultad, porque yo entregaré los títulos en la ceremonia de graduación de este año.

¿Por qué diablos acepté hacer eso? No lo sé. Sam, mi relaciones públicas me dijo que era un honor, y el departamento de medio ambiente de ciencia de Vancouver necesitaba la publicidad con el fin de atraer financiación adicional para igualar la concesión que les he dado.

La señorita Steele parpadea, todos esos grandes ojos azules una vez más, como si mis palabras fueran una sorpresa y mierda, ¡luce desaprobatoria! ¿No ha hecho ningún trabajo a fondo para esta entrevista? Debería saber eso. La idea enfría mi sangre. No es placentera, no lo que esperaba de ella o de cualquiera al que le confiriese mi tiempo.

— Bien. Tengo algunas preguntas Sr. Malik. —Pone un mechón de pelo detrás de su oreja, distrayendo mi enfado.

— Eso pensé —murmuro secamente. Hagámosla retorcerse.

Complacientemente lo hace, luego se recompone, sentándose derecha y elevando sus pequeños hombros. Inclinándose presiona el botón de la grabadora, y frunce el ceño cuando baja su mirada hasta sus arrugadas notas.

— Es usted muy joven para haber amasado este imperio. ¿A qué se debe su éxito?

Oh, ¡Cristo! Seguramente puede hacerlo mejor que esto. Qué mierda de pregunta tan aburrida. Saco de nuevo mi usual respuesta sobre tener personas excepcionales trabajando conmigo por todos los Estados Unidos. Gente en la que confío, en la medida en la que no confío en nadie, pago bien, bla, bla, bla… pero señorita Steele, la simple respuesta es, soy un jodido genio en lo que hago. Para mí, es como tumbar un tronco. Comprando empresas en crisis y con mal manejo y arreglándolas, o si están en serio en quiebra, despojando sus bienes y vendiéndolos al mejor postor. Es una simple cuestión de saber la diferencia entre esas dos, y siempre se reduce a las personas a cargo. Para triunfar en los negocios necesitas buenas personas, y puedo juzgar a una persona, mejor que la mayoría.

— Quizá tan sólo ha tenido suerte —dice en voz baja.

¿Suerte? Un escalofrío de enojo corre por mi ¿suerte? No hay ni una mierda de suerte envuelta en esto, Sta. Steele. Luce humilde y tranquila, pero ¿esta pregunta? Nunca nadie me ha preguntado si tuve suerte. Trabajo duro, acercar la gente a mí, vigilarlos de cerca, tratar de adivinar si hace falta; y si no están a la altura alejarlos sin piedad. Eso es lo que hago, y lo hago bien. ¡No tiene nada que ver con la suerte! Bueno a la mierda eso. Haciendo alarde de mi conocimiento, le cito las palabras mi empresario americano favorito.

—Parece usted un maniático del control —dice, y está perfectamente seria.

¿Qué demonios? Quizás esos cándidos ojos puedan ver a través de mí. Control es mi segundo nombre.

La fulmino con la mirada.

— Oh, bueno, lo controlo todo, señorita Steele. —Y me gustaría ejercerlo sobre usted, aquí y ahora.

Sus ojos se abren más. Ese atractivo rubor se extiende por su rostro una vez más, y muerde de nuevo su labio. Divago tratando de alejar mi concentración de su boca.

— Además, decirte a ti mismo, en tu fuero más íntimo, que has nacido para ejercer el control te concede un inmenso poder.

— ¿Siente que tiene un inmenso poder? —pregunta en un tono suave, pero alza una delicada ceja, revelando la censura de sus ojos. Mi enojo crece. ¿Está deliberadamente tratando de incitarme? ¿Son sus preguntas, su actitud, o el hecho de que la encuentro atractiva lo que me encabrona?

— Tengo más de cuarenta mil empleados, señorita Steele. Eso me otorga cierto sentido de la responsabilidad… poder, si lo prefiere. Si decidiera que ya no me interesa el negocio de las telecomunicaciones y lo vendiera todo, veinte mil personas pasarían apuros para pagar la hipoteca en poco más de un mes.

Su boca cae abierta. Eso me gusta más. ¡Mámalo! Señorita Steele. Siento mi equilibrio retornar.

— ¿No tiene una junta directiva a la cual responder?

— Soy dueño de mi compañía. No respondo ante una junta —respondo bruscamente. Debería saberlo. Alzo una ceja cuestionarte.

— ¿Y tiene algún otro interés a parte del trabajo? —continua rápidamente, correctamente midiendo mi reacción. Sabe que estoy enojado, y por alguna inexplicable razón esto me place enormemente.

— Mis intereses son muy diversos Sta. Steele. Muy diversos. —sonrío.

Imágenes de ella en una variedad de posiciones en mi cuarto de juegos pasan por mi mente: encadenada a la cruz, brazos y piernas extendidas en el poste, extendida sobre el banco de azotes. ¡Jodido infierno! ¿Hacia dónde va esto? Y he aquí, el rubor de nuevo. Es como un mecanismo de defensa. Cálmate Malik.

— Pero si trabaja tan duro, ¿qué hace para relajarse?

— ¿Relajarme? —Sonrío, esas palabras saliendo de su boca inteligente suenan extrañas. Además ¿cuándo tiempo tengo para tranquilizarme? ¿No tiene alguna idea del número de compañías que controlo? Pero me mira con esos ingenuos ojos azules, y para mi sorpresa me encuentro a mí mismo considerando su pregunta. ¿Qué hago para calmarme? Navegar, volar, follar... probar los límites de pequeñas chicas con el cabello marrón como ella, y llevarles el infierno... El pensamiento me hace moverme en mi asiento, pero le contesto suavemente, omitiendo mis dos actividades favoritas.

—Inviertes en la fabricación, ¿por qué, específicamente?

Su pregunta me arrastra rudamente al presente.

—Me gusta construir cosas. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, qué las mueve, cómo construirlas y desconstruirlas. Me encantan los barcos. ¿Qué puedo decir? —Ellos distribuyen comida alrededor del planeta... tomando bienes de quienes los tienen para los que no, y así otra vez. ¿Qué no debería gustarme?

— Eso suena como su corazón hablando, en vez de la lógica y los hechos.

¿Corazón? ¿Yo? Oh no, bebé. Mi corazón fue atacado salvajemente más allá del reconocimiento hace mucho tiempo.

— Posiblemente, aunque hay gente que dirá que no tengo corazón.

— ¿Por qué dirían eso?

— Porque me conocen bien. —Le doy una sonrisa irónica. De hecho, nadie me conoce tan bien, tal vez Elena. Me pregunto qué haría la Sta. Steele. La chica es una masa de contradicciones: tímida, inquieta, obviamente brillante y excitante como el infierno. Sí, está bien, lo admito. Ella es una pequeña pieza atractiva...

Recita la siguiente pregunta de memoria.

— ¿Tus amigos dirían que es fácil llegar a conocerte?

— Soy una persona muy privada, Sta. Steele. Hago muchas cosas para proteger mi privacidad. Normalmente no doy entrevistas. —Haciendo lo que hago, viviendo la vida que he elegido, necesito mi privacidad.

— ¿Por qué estuvo de acuerdo con esta?

— Porque soy un benefactor de la universidad, y a pesar de todos los intentos e intenciones, no podía liberarme de la Señorita Kavanagh. Ella fastidio y fastidio a mi gente de PR y admiro esa clase de tenacidad.

Pero me alegro de que seas tú quien se presentó y no ella.

— También inviertes en tecnología de la agricultura. ¿Por qué estás interesado en esa área?

— Porque no podemos comer dinero, Sta. Steele, y hay demasiadas personas en este planeta que no tienen lo suficiente para comer.

La miro, con la cara impasible.

— Eso suena muy filantrópico. ¿Es algo que sientes apasionadamente? ¿Alimentar a los pobres del mundo? —Me considera con una expresión excéntrica como si fuera una clase de rompecabezas para ella, pero no hay manera de que quiera a esos grandes ojos azules mirar dentro de mi alma oscura. Eso no es un área abierta a discusión. Nunca.

— Es un negocio astuto.

Me encojo, fingiendo aburrimiento, e imagino coger su boca inteligente para distraerme de todos mis pensamientos sobre el hambre. Sí, esa boca necesita educación. Ahora ese pensamiento está apareciendo y me dejo imaginarla sobre sus rodillas ante mí.

— ¿Tienes una filosofía? Si es así, ¿cuál es? —recita de memoria otra vez.

— No tengo una filosofía como tal. Tal vez un principio que me guía, Carnegie: “Un hombre que adquiere la capacidad de tomar plena posesión de su propia mente puede poseer cualquier cosa sobre la que tenga derecho”. Soy muy singular. Me gusta el control... de mí mismo y los que están a mi alrededor.

— Entonces ¿quieres poseer cosas? —Sus ojos se agrandan.

Sí, nena. Tú, en primer lugar.


— Quiero merecer poseerlas, pero sí, esencialmente lo hago.

— Suenas como el consumidor final.

Su voz tiene un matiz de desaprobación, enfureciéndome de nuevo. Suena como una chica rica que tuvo todo lo que quería, pero cuando miro más de cerca a su ropa, está vestida en Walmart, o posiblemente la Vieja Marina, sé que no lo es. No ha crecido en una casa próspera.

Realmente podría cuidarte.

Mierda. ¿De dónde mierda vino eso? Aunque ahora que lo considero, necesito una nueva Sumisa. Ha pasado, qué ¿dos meses desde Susannah? Y aquí estoy, salivando por una chica de cabello marrón. Intento una sonrisa y estoy de acuerdo con ella. Nada mal con la consumición... después de todo, maneja lo que queda de la economía americana.

— Fuiste adoptado. ¿Cuánto crees que eso ha formado tu forma de ser?

¿Qué mierda tiene que ver eso con el precio del aceite? Le frunzo el ceño. Que pregunta ridícula. Si hubiera estado con la puta adicta al crack, probablemente habría muerto. La dejo plantada sin una respuesta, tratando de mantener el nivel de mi voz, pero ella me empuja, exigiendo saber cuántos años tenía cuando fui adoptado. ¡Cállala, Malik!

— Ese material es de registro público, Sta. Steele. —Mi voz es ártica. Ella debería saber esta mierda. Ahora parece arrepentida. Bien.

— Has tenido que sacrificar una vida familiar por tu trabajo.

— Eso no es una pregunta —escupo.

Se sonroja de nuevo y muerde ese maldito labio. Pero tiene la gracia de disculparse.

— ¿Tuviste que sacrificar una vida familiar por tu trabajo?

¿Qué quiero con una familia de mierda?

— Tengo una familia. Tengo un hermano, una hermana y dos padres cariñosos. No estoy interesado en ampliar mi familia.

— ¿Es homosexual, Sr. Malik?

¡Qué mierda! ¡No puedo creer que ella haya dicho eso en voz alta! La pregunta no pronunciada que mi propia familia no se atreve a preguntar, para mi entretenimiento. ¡Cómo se atreve ella! Tengo que luchar con el impulso de arrastrarla de su asiento, inclinarla sobre mi rodilla y azotarla hasta sacar toda esa mierda de ella; luego follarla sobre mi escritorio con sus manos atadas fuerte detrás su espalda. Eso contestaría su pregunta.

¿Cuán frustrante es esta mujer? Tomo una respiración honda y tranquilizante. Para mi placer vengativo, ella parece sumamente avergonzada por su propia pregunta.

—No, Anastasia, no lo soy. —Levanto mis cejas pero mantengo mi expresión impasible. Anastasia. Es un nombre encantador. Me gusta la forma en que mi lengua lo envuelve.

—Lo siento. Está um... escrito aquí. —Con nervios, coloca su pelo detrás de su oreja.

No conoce sus propias preguntas. Tal vez no son de ella. Le pregunto y se pone pálida. Mierda, ella es realmente atractiva, en una forma sobre indicada. Incluso llegaría a decir que es hermosa.

—Eh... no… Kate... La Señorita Kavanagh... ella reunió las preguntas.

— ¿Son compañeras del periódico estudiantil?

— No, es mi compañera de cuarto.

No es asombroso que esté en todas partes. Rasco mi barbilla, debatiendo si darle un mal momento.

— ¿Te ofreciste para hacer esta entrevista? —pregunto y soy recompensado con su mirada de sumisa: ojos grandes, nerviosos por mi reacción. Me gusta el efecto que tengo en ella.

— Me reclutaron. Ella no está bien —dice suavemente.

— Eso explica muchas cosas.

Hay un golpe en la puerta y aparece Andrea.

— Sr. Malik, discúlpeme por interrumpir, pero su próxima reunión es en dos minutos.

— No hemos terminado aquí, Andrea. Por favor, cancélala.

Andrea asiente, mirándome boquiabierta. La miro. ¡Afuera! ¡Ahora! Estoy ocupado con la pequeña Señorita Steele aquí. Andrea se sonroja pero se recupera pronto.

— Muy bien, Sr. Malik—dice, y girando sobre sus talones, nos deja.

Vuelvo mi atención de nuevo hacia la intrigante y frustrante criatura en mi sofá.

— ¿Dónde estábamos, Señorita Steele?

— Por favor, no me deje interrumpir nada.

Oh no, nena. Es mi turno ahora. Quiero saber si hay algún secreto que descubrir detrás de esos ojos hermosos.

— Quiero saber de ti. Creo que es justo. —Mientras me inclino hacia atrás y presiono mis dedos contra mis labios, sus ojos se mueven rápido hacia mi boca y traga. Oh, sí... el efecto usual. Y es gratificante saber que no es completamente inconsciente de mis encantos.

— No hay mucho que saber —dice, regresando su rubor. La estoy intimidando. Bien.

— ¿Cuáles son tus planes después de graduarte?

Ella se encoge.

— No he hecho ningún plan, Sr. Malik. Sólo necesito pasar mis exámenes finales.

— Tenemos un excelente programa de internos aquí. —Joder. ¿Qué me poseyó para decir eso? Estoy rompiendo la regla de oro: nunca jamás tengas sexo con el personal. Pero Malik, no lo estás cogiendo con esta chica. Ella luce sorprendida y sus dientes se hunden de nuevo en su labio. ¿Por qué eso es tan excitante?

— Oh. Lo tendré en cuenta —masculla. Después, a último momento dice: —Aunque no estoy segura de sí encajaría aquí.

¿Por qué diablos no? ¿Qué está mal con mi compañía?

— ¿Por qué dices eso? —pregunto.

— Bueno, es obvio, ¿no?

— No para mí. —Su respuesta me confunde.

Está nerviosa de nuevo cuando se estira por el mini grabador. Mierda, se está yendo. Mentalmente, recorro mis horarios para esa tarde... no hay nada que me entretenga.

— ¿Te gustaría que te mostrara los alrededores?

— Estoy segura que está demasiado ocupado, Sr. Malik, y tengo un largo viaje.

— ¿Vas a conducir de regreso a la universidad en Vancouver? —Miro a través de la ventana. Es un infierno de viaje y está lloviendo, pero no puedo prohibírselo. El pensamiento me irrita.

— Bueno, mejor conduzca con cuidado. —Mi voz es más severa de lo que me propongo.

Ella juega con la mini grabadora. Ella quiere salir de mi oficina y, por alguna razón que no puedo explicar, no quiero que se vaya.

— ¿Conseguiste todo lo que necesitabas? —Agrego en un claro intento de prolongar su estadía.

— Sí, señor —dice lentamente.

Su respuesta me deja anonadado, la forma en que suenan esas palabras, saliendo de esa boca inteligente, y brevemente imagino a esa boca a mi disposición y llamado.

— Gracias por la entrevista, Sr. Malik.

— El placer ha sido mío —respondo sinceramente, porque no he estado fascinado por alguien en mucho tiempo. El pensamiento es inquietante.
Ella se para y extiendo mi mano, impaciente por tocarla.

— Hasta que nos encontremos de nuevo, Sta. Steele. —Mi voz es baja y ella ubica su pequeña mano en la mía. Sí, quiero azotar y follar a esta chica en mi cuarto de juegos. Tenerla atada y esperando... necesitándome, confiando en mí. Trago. Eso no va a pasar, Malik.

— Sr. Malik. —Ella asiente y retira su mano rápido... demasiado rápido.

Mierda, no puedo dejar que se vaya así. Es obvio que está desesperada por irse. La irritación e inspiración me golpean simultáneamente cuando la veo fuera.

— Sólo me aseguro de que pase por la puerta, Sta. Steele.

Ella se ruboriza entrando, su deliciosa sombra rosada.

— Eso es muy considerado, Sr. Malik —escupe.

¡La Señorita Steele tiene dientes! Sonrío detrás de ella cuando sale y la sigo en su caminar. Tanto Andrea como Olivia levantan la mirada con sorpresa.

Sí, sí. Sólo estoy viendo a la chica irse.

— ¿Trajiste abrigo? —pregunto.

— Sí.

Le frunzo el ceño a Olivia quien inmediatamente salta para recuperar su abrigo. Tomándolo, la miro para que se vaya. Jesús, Olivia es molesta... girando a mí alrededor todo el tiempo.

Hmm. El abrigo es de Walmart. La Señorita Anastasia Steele debería estar mejor vestida.

Lo sostengo para ella y lo coloco sobre sus hombros delgados, toco la piel de la base de su cuello. Ella se queda quieta ante el contacto y palidece. ¡Sí! Ella está afectada por mí. El saberlo es inmensamente placentero. Caminando hacia el ascensor, presiono el botón para llamarlo mientras ella está parada inquieta a mi lado.

Oh, yo puedo calmar tus nervios, nena.

La puerta se abre y ella se escurre adentro, luego se gira para enfrentarme.

— Anastasia—murmuro, diciendo adiós.

— Zayn —susurra ella. Y las puertas del ascensor se cierran, dejando a mi nombre colgado en el aire, sonando extraño, desconocido, pero atractivo como el infierno.

Bueno, jódame. ¿Qué era eso?
Necesito saber más sobre esta chica.

— Andrea —escupo cuando camino de regreso a mi oficina—. Ponme a Welch en línea, ahora.

Mientras me siento en el escritorio y espero la llamada, miro las pinturas en la pared de mi oficina, y las palabras de la Señorita Steele regresan a mí: “Elevando lo ordinario a lo extraordinario”. Fácilmente podría haberse estado describiendo a sí misma.

Mi teléfono vibra.

— Tengo a Welch en línea para usted.

— Comunícalo.

— Sí, señor.

— Welch, necesito una investigación a fondo.


Sábado, Mayo 14, 2012


Anastasia Steele
FDN: Sept 10, 1989, Montesano, WA
Dirección: 1114 SW Green Street, Apartamento 7,
Haven Heights, Vacouver, WA 98888
No. de Móvil: 360 959 4352
No. de Seguridad Social: 987-65-4320
Detalles Bancarios: Banco Wells Fargo, Vancouver, WA 98888
Cta. No.: 309361: $683.16 balance
Ocupación: Estudiante sin graduar
WSU Universidad de Artes Liberales de Vancouver
Estudiante de Inglés
Promedio de calificaciones: 4.0
Puntaje SAT: 2150
Empleo: Ferretería Clayton
NW Vancouver Drive, Portland, OR (Medio tiempo)
Padre: Franklin A. Lambert
FDN: Sept 1, 1969, Fallecido Sept 11, 1989
Madre: Carla May Wilks Adams
FDN: Julio 18, 1970
Marido: Frank Lambert
-Marzo 1, 1989, enviudada Sept 11, 1989
Marido: Raymond Steele
-Junio 6, 1990, divorciada Julio 12, 2006
Marido: Stephen M. Morton
-Agosto 16, 2006, divorciada Enero 31, 2007
Marido: Robbin (Bob) Adams
-Abril 6, 2009
Afiliaciones Políticas: Ninguna Encontrada
Afiliaciones Religiosa: Ninguna Encontrada
Orientación Sexual: Desconocida
Relaciones: Ninguna indicada hasta la presente.

Leo detenidamente el resumen ejecutivo por la centésima vez desde que lo recibí hace dos días, buscando algún entendimiento de la enigmática Señorita Anastasia Steele. No logro sacarme de la cabeza a la maldita mujer, y de verdad está empezando a molestarme. Esta última semana, durante reuniones particularmente torpes, me he encontrado a mí mismo repitiendo la entrevista en mi cabeza. Sus dedos temblorosos en la grabadora, la forma en que se ponía el cabello tras la oreja, cómo se mordía el labio. Esa mordedura en el labio me atrapa todo el tiempo.
Y ahora, aquí estoy, estacionado fuera de Clayton, la modesta ferretería en las afueras de Portland, donde ella trabaja.

Eres idiota, Malik. ¿Por qué estás aquí?

Sabía que conduciría a esto. Toda la semana… supe que tendría que verla de nuevo. Lo he sabido desde que pronunció mi nombre en el ascensor y desapareció en las profundidades de mi edificio. He intentado resistirme. He esperado cinco días, cinco condenados días para ver si podría olvidarla.


Y no soy de los que espera, odio esperar… por cualquier cosa. Nunca he perseguido activamente a una mujer antes. Las mujeres que he tenido entendían lo que yo esperaba de ellas. Mi miedo ahora es que la Señorita Steele sea demasiado joven y que no esté interesada en lo que tengo para ofrecer…. ¿o sí? ¿Será, incluso, una buena sumisa?
Sacudo la cabeza. Sólo hay una manera de averiguarlo… así que aquí estoy, como un maldito idiota, sentado en un aparcamiento suburbano en una deprimente parte de Portland.

Su revisión de antecedentes no ha producido nada remarcable, excepto el último hecho, que ha estado en la vanguardia de mi mente. Es la razón por la que estoy aquí. ¿Por qué sin novio, Señorita Steele? Orientación sexual desconocida, tal vez es lesbiana. Bufo, pensando que es poco probable. Recuerdo la pregunta que hizo durante la entrevista, su verdadera vergüenza, la forma en que su piel se sonrojó de un pálido rosa… He estado sufriendo de estos ridículos pensamientos desde que la vi.

Es por eso que estás aquí.

Ansío verla de nuevo, aquellos ojos azules que me han perseguido, incluso en mis sueños. No se lo he mencionado a Flynn, y me alegra porque ahora me estoy comportando como un acosador. Tal vez debería decírselo. Pongo los ojos en blanco, no lo quiero acosándome sobre su última mierda basada en la solución. Sólo necesito una distracción… y justo ahora la única distracción que quiero está trabajando como dependienta en una ferretería.

Has venido hasta aquí. Veamos si la pequeña Señorita Steele es tan atractiva como la recuerdas.

Hora del espectáculo, Malik. Salgo del coche y camino a través del aparcamiento hacia la puerta principal. La campana resuena una plana nota electrónica mientras entro.

La tienda es mucho más grande de lo que parece desde fuera, y aunque es casi la hora del almuerzo el lugar está tranquilo, para un sábado.
Hay pasillos y pasillos de la basura usual que esperarías. Me había olvidado de todas las posibilidades que una ferretería podría presentarle a alguien como yo. Principalmente compro mis necesidades online, pero mientras esté aquí, quizá me haré con unos cuantos ítems… Velcro, aros metálicos… sí. Encontraré a la deliciosa Sta. Steele y me divertiré un poco.

Me toma tres segundos localizarla.
Está encorvada sobre el mostrador, mirando fijamente la pantalla del computador y comiendo su almuerzo... un bagel. Sin pensarlo, se limpia una miga de la comisura de sus labios y la mete en su boca y lame su dedo. Mi polla se retuerce en respuesta.

¡Joder! ¿Cuántos años tengo, catorce? Mi reacción es condenadamente irritante. Quizá esta respuesta adolescente se detendrás si la encadeno, follo y azoto… y no necesariamente en ese orden. Sí. Eso es lo que necesito.

Está completamente metida en su tarea, y eso me da la oportunidad para estudiarla. Dejando de lado los pensamientos lascivos, ella es atractiva, verdaderamente atractiva.

La he recordado bien.

Levanta la mirada y se congela, inmovilizándome con unos inteligentes y exigentes ojos, los más azules de los azules que parecen ver a través de mí. Es tan enervante como la primera vez que la vi. Ella sólo mira, sorprendida creo yo, y no sé si esta es una buena o una mala respuesta.

— Sta. Steele. Qué sorpresa tan agradable.

— Sr. Malik —susurra, velada y nerviosa. Ah… una buena respuesta.

— Estaba por el área. Necesito reabastecer algunas cosas. Es un placer verte de nuevo, Señorita Steele. —Un verdadero placer. Está vestida con una camiseta apretada y jeans, no la mierda sin forma que estaba usando anteriormente esta semana. Tiene largas piernas, cintura pequeña y tetas perfectas. Continúa boquiabierta, y tengo que resistir la urgencia de estirarme para cerrar su boca. He volado desde Seattle sólo para verte, y la forma en que te ves ahora mismo, valió la pena el viaje.

— Anastasia. Mi nombre es Anastasia. ¿En qué puedo ayudarlo, Sr. Malik? —Toma un profundo aliento, endereza los hombros como lo hizo en la entrevista, y me da una falsa sonrisa que estoy seguro se reserva sólo para los clientes.

Que empiece el juego, Señorita Steele.

— Hay unas cuantas cosas que necesito. Para empezar, me gustarían algunas amarras.

Sus labios se separan cuando inhala bruscamente.
Estarías sorprendida de lo que puedo hacer con unas cuantas amarras, Señorita Steele.

— Tenemos de varias longitudes. ¿Desea que le muestre?

— Por favor. Guíeme, Sta. Steele.

Sale de detrás del mostrador y hace gestos hacia uno de los pasillos. Está usando tenis. Ociosamente me pregunto cómo luciría con tacones súper altos. Laboutines… nada más que Laboutines.

— Están en los insumos eléctricos, pasillo ocho. —Su voz flaquea mientras se sonroja… de nuevo.

Está afectada por mí. La esperanza florece en mi pecho. No es lesbiana, entonces. Sonrío con suficiencia.

— Después de usted —murmuro, señalando con mi mano para que ella guíe el camino. Dejándola caminar adelante, tengo espacio y tiempo para admirar su fantástico trasero. Realmente es el paquete completo: dulce, cortés, y hermosa con todos los atributos físicos que valoro en una sumisa. Pero la pregunta del millón de dólares es, ¿podría ella ser una sumisa? Probablemente no sabe nada del estilo de vida, mi estilo de vida, pero quiero bastante introducirla a él. Estás yendo mucho más allá de ti mismo con esto, Malik.

— ¿Está en Portland por negocios? —pregunta, interrumpiendo mis pensamientos. Su voz es alta, intentando fingir desinterés. Aquello me hace reír, lo que es refrescante. Las mujeres raramente me hacen reír.

— Estaba visitando la división de granjas de la universidad. Tiene base en Vancouver —miento. De hecho, estoy aquí para verte, Señorita Steele. Se sonroja, y me siento como una mierda—. Actualmente estoy fundando algunas investigaciones sobre la rotación del ganado y la ciencia del suelo. —Eso, al menos, es verdad.

— ¿Todo es parte de su plan para alimentar al mundo? —Sus labios cambian a una media sonrisa.

— Algo así —murmuro. ¿Se está riendo de mí? Oh, me encantaría detener eso sí lo está haciendo. Pero, ¿cómo empezar? Quizá con una cena, más que la usual entrevista…. Ahora, eso sería una novedad; llevar a un prospecto a cenar.

Llegamos a las amarras, que están organizadas en un en surtido de longitudes y colores. Ausentemente mis dedos trazan los paquetes.
Podría simplemente invitarla a salir. ¿Cómo en una cita? ¿Vendría ella? Cuando la miro, está examinando sus dedos nudosos. No puede mirarme… eso es prometedor. Selecciono las amarras más largas. Son más flexibles, después de todo, puede acomodar dos tobillos y dos muñecas de una vez.

— Estás funcionarán —murmuro, y ella se sonroja de nuevo.

— ¿Algo más? —dice rápidamente. O está siendo súper atenta o quiere sacarme de la tienda, no sé cuál de las dos.

— Me gustaría algo de cinta para enmascarar.

— ¿Está redecorando?

Reprimo mi bufido.

— No, no redecorando. —No he sostenido una brocha en un largo tiempo. El pensamiento me hace sonreír, tengo gente que haga toda esa mierda.

— Por aquí —murmura ella, luciendo disgustada—. La cinta de enmascarar está en el pasillo de decoración.

Vamos, Malik. No tienes mucho tiempo. Métela en alguna clase de conversación.

— ¿Trabajas aquí desde hace mucho? —Por supuesto, ya sé la respuesta.
A diferencia de algunas personas, yo hago mi investigación. Ella se sonroja una vez más. Cristo, esa chica es tímida. No tengo una esperanza en el infierno. Ella se da vuelta rápidamente y camina por el pasillo hacia la sección etiquetada como DECORACIÓN. La sigo ansiosamente. ¿Qué soy, un condenado cachorrito?

— Cuatro años —murmura cuando alcanzamos la cinta de enmascarar. Se inclina y agarra dos rollos, cada uno de diferente ancho.

— Tomaré esa —digo. La cinta más amplia es mucho más efectiva como mordaza. Cuando me la pasa, las puntas de nuestros dedos se tocan, brevemente. Aquello resuena en mi ingle.

¡Joder!
Ella palidece.

— ¿Algo más? —Su voz es suave y ronca.

Cristo, estoy teniendo el mismo efecto en ella que el que tiene en mí. Quizá...

— Algo de cuerda, creo.

— Por aquí. —Rápidamente sale del pasillo, dándome otra oportunidad para apreciar su precioso trasero.

— ¿De qué tipo buscaba? Tenemos cuerda sintética y natural de filamento… trenzada… cuerda plástica…

Mierda. Detente. Gruño internamente, intentando apartar la imagen de ella suspendida en el techo de mi salón de juegos.

— Llevaré cuatro metros y medio de la soga natural de filamento, por favor.

Es más gruesa y roza más si luchas contra ella… mi cuerda preferida.
Un estremecimiento se desliza por sus dedos, pero eficientemente mide los cuatro metros y medio. Sacando un cuchillo de utilidad de su bolsillo derecho, corta la cuerda en un suave gesto, la enrolla cuidadosamente y la ata con un nudo corredizo. Impresionante.

— ¿Fuiste una niña exploradora?

— Las actividades de grupos organizados no son realmente lo mío, Sr. Malik.

— ¿Qué es lo tuyo, Anastasia? —Atrapo su mirada, y sus iris se dilatan mientras la miro fijamente. ¡Sí!

— Los libros —susurra.

— ¿Qué tipo de libros?

— Oh, ya sabe. Lo normal. Los clásicos. Literatura británica, en su mayor parte.

¿Literatura británica? Bronte y Austen, apuesto. Todas esas clases románticas de corazones y flores.

Joder. Eso no es bueno.

— ¿Necesita algo más?

— No lo sé. ¿Qué más me recomendarías?

Quiero ver su reacción.

— ¿Para un hazlo-tú mismo? —pregunta, sorprendida.

Quiero reír a carcajadas. Oh, nena, HTM no es lo mío. Asiento, sofocando mi júbilo. Sus ojos pasan por mi cuerpo y me tenso. ¡Me está revisando! Fóllame.

— Overoles —espeta.

Es la cosa más inesperada que he oído de su dulce e inteligente boca desde la pregunta de “es usted gay”.

— No querrá arruinar su ropa.

Hace gestos hacia mis jeans, avergonzada una vez más.
No puedo resistirme.

— Siempre podría quitármelos.

— Um. —Se sonroja y mira al piso.

— Llevaré algunos overoles. El cielo no permita que arruine algo de ropa —murmuro para sacarla de su miseria. Sin una palabra, se da vuelta y camina por el pasillo, y una vez más la sigo en su tentador caminar.

— ¿Necesita algo más? —dice sin aliento, pasándome un par de overoles azules. Está mortificada, sus ojos todavía abajo, el rostro sonrojado.
Cristo, ella me hace cosas.

— ¿Cómo va el artículo? —pregunto con la esperanza de que se relaje un poco.

Levanta la mirada y me da una breve sonrisa de alivio. Finalmente.

— No voy a escribirlo. Katherine lo hará. La Señorita Kavanagh. Mi compañera de cuarto, ella es la escritora. Está muy feliz por eso. Es la editora de la revista y estaba devastada por no poder hacer la entrevista en persona.

Es la oración más larga que me ha dirigido desde que nos vimos la primera vez, y está hablando de alguien más, no de sí misma. Interesante.

Antes que pueda comentar, ella añade:

— Su única preocupación es no tener fotografías originales de usted.

La tenaz Señorita Kavanagh quiere fotografías. ¿Cosas de publicidad, eh? Puedo hacer esto. Me permitirá pasar algo más de tiempo con la deliciosa Señorita Steele.

— ¿Qué clase de fotografías quiere?

Ella me mira por un momento, luego sacude la cabeza.

— Bueno, estoy por aquí. Tal vez mañana…

Puedo quedarme en Portland. Trabajar desde un hotel. Una habitación en el Heathman, tal vez. Necesitaré que venga Taylor, que traiga mi ordenador y algo de ropa. O Elliot… a menos que esté ligando, que es su MO usual el fin de semana.

— ¿Estaría dispuesto a ir a una sesión de fotos?

Ella no puede contener su sorpresa.

Le doy un breve asentimiento. Estarías sorprendida de lo que haría para pasar más tiempo contigo, Señorita Steele… de hecho, también lo estoy yo.

— Kate estará encantada; si conseguimos un fotógrafo.

Sonríe y su rostro se ilumina como un amanecer de verano. Cristo, es impresionante.

— Házmelo saber mañana. —Saco mi tarjeta de mi billetera—. Tiene mi número celular en ella. Necesitas llamar antes de las diez de la mañana.

Y si no lo hace, me dirigiré de vuelta a Seattle y olvidaré todo sobre esta mierda de aventura. El pensamiento me deprime.

— De acuerdo. —Continúa sonriendo.

— ¡Anastasia! —Ambos nos damos vuelta cuando un joven hombre, casual pero caramente vestido, aparece al final del pasillo. Él es todo condenadas sonrisas para la Señorita Stelee. ¿Quién demonios es este Gilipollas?

— Eh, discúlpeme por un momento, Sr. Malik.

Camina hacia él y el maldito la engulle en un abrazo de gorila. Mi sangre se enfría. Es una respuesta primitiva. Quita tus malditas zarpas de ella. Empuño mis manos y soy ligeramente calmado solo cuando veo que ella no hace ningún movimiento para devolverle el abrazo.

Caen en una conversación susurrada. Mierda, tal vez los datos de Welch están mal. Tal vez este tipo es su novio. Parece de la edad adecuada, y no puede apartar sus codiciosos ojos de ella. La sostiene por un momento a la altura del brazo, examinándola, luego se para con su brazo descansando relajadamente sobre su hombro. Es un gesto aparentemente casual, pero sé que está tomando partido y diciéndome que retroceda. Ella parece avergonzada, moviéndose de un pie a otro.

Mierda. Debería irme. Luego ella le dice algo y se mueve fuera de su alcance, tocando su brazo, no su mano. Está claro que no son cercanos.
Bien.

— Eh… Paul, este es Zayn Malik. Sr. Malik, este es Paul Clayton. Su hermano es el dueño del lugar.

Ella me da una rara mirada que no entiendo y continúa: —Conozco a Paul desde que trabajo aquí, aunque no nos vemos tan seguido. Ha vuelto de Princeton, donde estudia administración de empresas.

El hermano del jefe, no un novio. La cantidad de alivio que siento es inesperada, y eso me hace fruncir el ceño. Esta mujer de verdad se ha metido bajo mi piel.

— Sr. Clayton. —Mi tono es deliberadamente cortante.

— Sr. Malik. —Aprieta m mano ligeramente. Condenado idiota—. Espera… ¿no es el Zayn Malik? ¿De Malik Enterprises Holdings? —En un latido de corazón lo veo cambiar de territorial a servil.

Sí, ese soy yo, gilipollas.

— Guau… ¿hay algo que pueda ofrecerle?

— Anastasia lo tiene bajo control, Sr. Clayton. Ella ha sido muy atenta. —Ahora, jódase.

— Genial —dice a borbotones respetuosamente, sus ojos amplios—. Te veo luego, Ana.

— Claro, Paul —dice ella, y él parte con prisa, gracias a Dios. Lo observo desaparecer hacia la parte trasera de la tienda—. ¿Algo más, Sr. Malik?

— Sólo estas cosas —murmuro. Mierda, no tengo tiempo, y todavía no sé si voy a verla de nuevo. Tengo que saber si hay esperanza en el infierno de que ella considere lo que yo tengo en mente.

¿Cómo le pregunto? ¿Estoy listo para tomar una nueva sumisa, una que no sabe nada? Mierda. Ella va a necesitar entrenamiento sustancial. Gruño internamente ante todas las posibilidades interesantes que esto presenta… que me jodan, llegar allí va a ser medio divertido. ¿Estará incluso interesada? ¿O entiendo todo esto mal?

Se dirige hacia la caja y registra mis compras, mientras tanto mantiene su mirada abajo. ¡Mírame, maldita sea! Quiero ver sus hermosos ojos azules de nuevo y calcular qué está pensando.

Finalmente levanta la cabeza.

— Serían cuarenta y tres dólares, por favor.

¿Eso es todo?

— ¿Le gustaría una bolsa? —pregunta, deslizando en modo dependienta mientras le paso mi tarjeta de crédito.

—Por favor, Anastasia. —Su nombre, un hermoso nombre para una hermosa chica, se desenrolla de mi lengua.

Ella empaca los artículos rápida y eficientemente en la bolsa. Eso es todo. Tengo que irme.

— ¿Me llamarás si quieres que haga la sesión de fotos?

Ella asiente mientras me devuelve mi tarjeta de crédito.

— Bien. Hasta mañana, quizá. —No puedo sólo irme. Tengo que hacerle saber que estoy interesado—. Oh y, ¿Anastasia? Me alegra que la Señorita Kavanagh no pudiera hacer la entrevista. —Deleitándome en su sorprendida expresión, cuelgo la bolsa sobre mi hombro y camino fuera de la tienda.

Sí, en contra de mi mejor juicio, la deseo.

Ahora tengo que esperar… maldita sea, esperar… de nuevo.


FIN.

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